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Tocqueville y la democracia

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Tocqueville y la democracia
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  ARBOR Ciencia, Pensamiento y Cultura Vol. 187 - 750 julio-agosto (2011) 665-669 ISSN: 0210-1963doi: 10.3989/arbor.2011.750n4001 ALEXIS DE TOCQUEVILLE Y SU DAGUERROTIPO DEL HOMO DEMOCRATICUS 1 Roberto R. Aramayo  Instituto de Filosofía del CSIC ABSTRACT:   This article is on Tocqueville and his thoughts about the vicissitudes of the democracy which have been given a fresh impetus because of the massive demonstrations driven or generated by the 15  th -May spirit. Such as the texts written by the rest of the classical authors, his writings were right when both approaching the problems and arousing diagnostics and are still capable to drive us to think anew about the rules of the democratic game. Following the parado-xical destiny of his great-grandfather Malesherbes, who defended the rights of the people before Louis 16  th  and next the rights of the King before the revolutionary court, the aristocratic Tocqueville became a champion of the unstoppable democratic revolution but without forgetting the potential dangers caused by this revolution. His com-parison between both French and American revolutions helped him to define the qualities of the homo democraticus. The text intends to work as a sort of lay-out of the material collected in this issue. KEY WORDS:   Tocqueville; democracy; American Revolution; French Revolution; Malesherbes. “Lo llaman democracia, y no lo es”. “Si no nos dejáis so-ñar, no os dejaremos dormir”. “No somos marionetas de los banqueros”. “Una vez tomada la Puerta del Sol, hay que pedir la luna”. Estas consignas fueron coreadas en el kilómetro cero de Madrid, conforme a lo que se ha dado en llamar “el espíritu del 15 de mayo” y que entroncaría de alguna manera con el mayo francés del 68. Buena parte de nuestra ciudadanía experimenta la perentoria necesidad de cambiar unas reglas de juego basadas en una obsoleta partitocracia y una clase política que gestiona los intereses de sus conciudadanos al dictado de los intereses del siste-ma financiero. En una coyuntura social como la presente resulta muy aconsejable revisar las reflexiones hechas por Alexis de Tocqueville, el aristócrata que se propuso estudiar ALEXIS DE TOCQUEVILLE AND HIS DAGUERREOTYPE OF THE HOMO DEMOCRATICUS RESUMEN:  Tocqueville y sus reflexiones en torno a los avatares de la democracia cobran una inusitada vigencia con las movilizaciones generada por el espíritu del 15M. Como cualquier otro clásico que se precie de merecer tal nombre, sus escritos aciertan a la hora de plantear los problemas y suscitar diagnósticos que no han perdido su capacidad para hacernos repensar las reglas del juego democrá-tico. Siguiendo el paradójico destino de su bisabuelo Malesherbes, quien defendió los derechos del pueblo ante Luis XVI y luego a éste frente al tribunal revolucionario, el aristocrático Tocqueville se convertiría en un paladín de la imparable revolución democrá-tica, sin dejar de analizar los potenciales peligros entrañados por ésta. Su comparación entre las revoluciones americana y francesa le serviría para definir a los atributos del homo democraticus.  El texto pretende servir de presentación a los materiales recogidos en este número. PALABRAS CLAVE:  Tocqueville; democracia; revolución americana; revolución francesa; Malesherbes.  “Una gran revolución democrática se está operando entre noso-tros. Todos la ven, mas no todos la juzgan de la misma manera. Unos la consideran como una cosa nueva, y tomándola por un accidente, esperan poder detenerla; mientras que otros la juzgan irresistible, por parecerles el hecho más constante, más antiguo y más permanente que se conoce en la historia... Querer conte-ner a la democracia sería como luchar contra el mismo Dios” (Alexis de Tocqueville, La democracia en América I, Introducción)   ARBOR Vol. 187   750 julio-agosto [2011] 665-669 ISSN: 0210-1963doi: 10.3989/arbor.2011.750n4001 750 Nº 666 A L E X I   S D E T  O  C  Q  U E V I  L L E Y  S  U D A  G  U E R R  O T I  P  O D E L  H  O M O D E M O  C R A T I   C  U  S  opiniones, engendra sentimientos, sugiere usos y modifica todo aquello que no produce” 7 . Ese proceso sería lento pero imparable. Tocqueville sintetiza como nadie ese itinerario: “Poco a poco, la ilustración se difunde. El talento llega a ser una condición del éxito. La ciencia es un medio de gobierno, la inteligencia una fuerza social y los letrados tienen acceso a los negocios públicos” 8 .La revolución democrática se revela como un dato inexo-rable. “Por todas partes –señala Tocqueville– se ha visto que los incidentes de la vida de los pueblos se inclinan a favor de la democracia. Todos los hombres la han ayuda-do con sus esfuerzos; los que lucharon por ella y los que declararon ser sus enemigos. El desarrollo gradual de la igualdad de condiciones constituye un hecho providen-cial, con sus principales características: es universal, es duradero, escapa siempre a la potestad humana y todos los acontecimientos, así como todos los hombres, sirven a su desarrollo” 9 . Ese nuevo horizonte requiere a su modo de ver una ciencia política nueva, cuya metodología le impuso revisar a Montesquieu y analizar críticamente los textos de Rousseau, sin abandonar el talante propio de moralistas como Pascal, Montaigne, La Rochefoucauld, La Fontaine o La Bruyère, cuyo estilo literario impregna su pluma y sus reflexiones, pues como sostiene por ejemplo Jean-Louis Benoît “en el proyecto tocquevilliano la ética es totalmente inseparable de la política” 10 . Y esto sería fruto de su constante interlocución con tres pensadores: “Hay tres hombres –le dice a su amigo Kergolay– con los que vivo un poco todos los días: se trata de Pascal, Montes-quieu y Rousseau” 11 .John Stuart Mill, que hizo una elogiosa reseña del pri-mer libro de La Democracia en América   y dedicó luego un amplio estudio al conjunto de la obra, pensaba que la segunda parte (publicada en 1840, cinco años después de la primera) era superior. En ella Tocqueville confiesa que, tras estudiar la fisonomía del mundo político en la primera, se centra con la segunda en el estudio de la sociedad civil. “Quizá produzca extrañeza –leemos en la advertencia al segundo volumen– el que, opinando yo firmemente que la revolución democrática de que somos testigos constituye un hecho irresistible, contra el cual no sería ni deseable ni prudente luchar, llegue a veces a dedicar tan severas palabras a las sociedades democráticas nacidas de esta revolución. He pensado que serán muchos los que anuncien con gusto los nuevos bienes que la igualdad guarda para la democracia, explorando “sus inclinaciones, su carácter, sus prejuicios y sus pasiones, para conocerla y saber al menos lo que podemos esperar o temer de ella” 2 . ¿Acaso no suscribirían los partidarios del 15M estas líneas de La democracia en América   (1835): “Educar la democracia, purificar sus costumbres, reglamentar sus movimientos, adaptar su gobierno a la época y al lugar y modificarlo de acuerdo con las circunstancias y los hombres: tal es el primer deber que se impone hoy día a aquellos que dirigen la sociedad” 3 .Aunque ya le faltó tiempo para ello y el proyecto nunca vio la luz, hacia el final de su vida Tocqueville se propuso escribir la biografía de un antepasado del cual se enor-gullecía, hasta el punto de afirmar que sus escritos se debían a esa progenie. “Si escribí esas cosas es porque soy nieto de Malesherbes”, leemos en la biografía de André Jardin 4 , aun cuando en realidad Malesherbes era el abuelo de su madre 5 . Comoquiera que sea, Tocqueville siempre se confesó muy influenciado por la impronta de su bisabuelo materno: Malesherbes, el corresponsal de Rousseau y el protector de Diderot, aquel curioso personaje que no dudó en facilitar la publicación del Emilio   y llegó a ocultar en su propia casa las planchas de la Enciclopedia   que debía haber perseguido desde su cargo institucional. Defensor del pueblo ante la monarquía e instigador de múltiples re-formas, Malesherbes acabaría en la guillotina por defender al ciudadano Luis Capeto, es decir, a Luis XVI. “Nadie ignora –gusta de recordar Tocqueville– que Malesherbes, después de haber defendido al pueblo ante al rey, defendió al rey ante el pueblo. Es un doble ejemplo que no he olvidado y que no olvidaré jamás” 6 .Ese paradójico destino de su bifronte ancestro, liberal y reformista, defensor de las libertades y del pueblo, así como abogado del rey frente al tribunal revolucionario, caracterizó también de algún modo a Tocqueville, el aris-tócrata que sin renegar de sus orígenes nunca rehuyó ensalzar las cualidades de la democracia para implicar en ella a sus pares aristocráticos, animándolos a participar en las igualitarias reglas del juego democrático aportando sus valores políticos y su querencia por la libertad. A Tocquevi-lle su periplo norteamericano le hizo reparar en un hecho capital, a saber, que “la igualdad de condiciones extiende su influencia mucho más allá de las costumbres políticas y de las leyes, y que su predominio sobre la sociedad civil no es menor que el que ejerce sobre el gobierno, pues crea  ARBOR Vol. 187   750 julio-agosto [2011] 665-669 ISSN: 0210-1963doi: 10.3989/arbor.2011.750n4001 667 R  O B E R T  O R .A R A MA Y  O  menos útil el uso del libre albedrío; el poder circunscribe así la acción de la voluntad a un espacio cada vez menor; y arrebata poco a poco a cada ciudadano su propio uso. Después de tomar de este modo uno tras otro a cada ciudadano en sus poderosas manos y moldearlo a su gusto [ese poder tutelar] cubre la sociedad entera con una malla de pequeñas reglas complicadas, minuciosas y uniformes, entre las que ni los espíritus más srcinales ni las almas más vigorosas son capaces de abrirse paso para emerger de la masa” 14 .Tocqueville reconoce que con su segundo volumen ha in-tentando abarcar un contenido inmenso, al querer “com-prender la mayoría de los sentimientos de las ideas srci-nados por el nuevo estado del mundo” 15 , pero eso mismo hace que resulte más fascinante hoy en día su intento de elaborar un “tipo ideal” en términos weberianos (un modelo abstracto explicativo y no tanto descriptivo) de la sociedad democrática tal como se organiza en torno al principio igualitario, partiendo del ejemplo americano, toda vez que nos confronta –según observa Laurence Gue-llec– con un Tocqueville “menos politólogo y más filósofo, que precisa los envites de la igualdad democrática y pe-netra en el alma del homo democraticus  ” 16 , brindándonos con ello un daguerrotipo del mismo en sus albores, cuando todavía no era posible fotografiarlo con técnicas de ín-dole sociológica. Su temprano retrato aparece como una radiografía intelectual y moral del homo democraticus   en su integridad, en sus pasiones, en sus razonamientos y en sus reacciones del molde de la igualdad. “En las inclina-ciones y los gustos reseñados que reseña La democracia en América   se reconocerá sin dificultad una descripción de los comportamientos, de las conductas y de los meca-nismos psicológicos del individuo moderno, en suma, una antropología democrática” 17 .Según el diagnóstico de Tocqueville, sobre sus contem-poráneos –y por ende sobre todos nosotros– actuarían incesantemente dos pasiones opuestas: la necesidad de ser conducidos y el deseo de ser libres. No sabiendo acabar con ninguna de tales inclinaciones contradictorias, nos esforzaríamos por satisfacer ambas a la vez, concibiendo un poder único, tutelar, todopoderoso, pero elegido por los ciudadanos. “Se consuelan de su tutelaje pensando que son ellos mismos quienes eligen sus tutores. Con este sistema, los ciudadanos salen un momento de la depen-dencia para elegir a su amo y vuelven luego a ella” 18 . O los hombres, pero pocos los que quieran avistar los peligros con que les amenaza. Ha sido, pues, principalmente hacia esos peligros que he dirigido mis miradas, y habiendo creí-do descubrirlos claramente no he sido tan cobarde como para silenciarlos” 12 .Si es cierto que Tocqueville aprecia grandes virtudes en el sistema democrático, no dejará de señalar sus peligros. Entre las ventajas tendríamos “una sociedad en la que todos, mirando a la ley como obra suya, la amen y se sometan a ella sin esfuerzo. Conocedor de sus verdaderos intereses, el pueblo comprendería que para aprovechar los bienes de la sociedad hay que someterse a sus car-gas. Siendo cada hombre igual de débil, sentirá igual necesidad de sus semejantes, y sabiendo que sólo puede lograr el apoyo de éstos a condición de prestar el suyo propio, no tardará en descubrir que su interés particular se confunde con el interés general” 13 . Estamos ante la teoría tocquevilliana de lo que dio en denominar “interés bien entendido”.Sin embargo, su perspicacia se agudiza todavía más al señalar los posibles peligros que podrían acechar a la democracia, cual sería el caso de un miope individua-lismo presto a dejarse tutelar sin reservas. “Si imagino con qué nuevos rasgos podría el despotismo implantarse en el mundo –escribe–, veo una multitud de hombres parecidos y sin privilegios girando en busca de pequeños y vulgares placeres, con los que contentan su alma”. Cada cual, apartado de los demás, vive ajeno al destino de los otros, de suerte que sus hijos y sus amigos forman para él toda la especie humana; no existe sino en sí mismo y para sí mismo. “Por encima se alza un inmenso poder tutelar que se encarga exclusivamente de que sean fe-lices y de velar por su suerte. Se asemeja a la autoridad paterna si, como ella, tuviera por objeto preparar a los hombres para la edad viril; pero, por el contrario, no persigue más objeto que fijarlos irrevocablemente en la infancia; este poder quiere que los ciudadanos gocen, con tal de que no piensen sino en gozar; provee medios a su seguridad, atiende y resuelve sus necesidades, pone al alcance sus placeres, conduce sus asuntos principales, dirige su industria, ¿no podría librarles por entero de la molestia del pensar y del trabajo de vivir?” –concluye–. Resulta preocupante reparar por un momento en cuán familiar puede resultarnos este retablo de tintes cuasi orwellianos. “De este modo cada día se hace más raro y  ARBOR Vol. 187   750 julio-agosto [2011] 665-669 ISSN: 0210-1963doi: 10.3989/arbor.2011.750n4001 750 Nº 668 A L E X I   S D E T  O  C  Q  U E V I  L L E Y  S  U D A  G  U E R R  O T I  P  O D E L  H  O M O D E M O  C R A T I   C  U  S  NOTAS 1  Este trabajo se inscribe dentro del proyecto “Filosofía de la historia y valores en la Europa del siglo XXI” ( FFI2008-04287:  http://www.ifs.csic.es/es/proyectos_ifs), cuya inves-tigadora principal es Concha Roldán y en cuyo equipo se integra el Grupo de Investigación Theoria cum Praxi   (TcP), que yo mismo coordino y ha generado una serie de actividades académico-editoriales homónimas, además de cultivar la Línea de in-vestigación sobre Conceptos y Va-lores   del Instituto de Filosofía (IFS) del CSIC (http://www.ifs.csic.es/es/content/conceptos-y-valores) e in-tegrarse dentro del Programa Trust-CM sobre “Cultura de la Legalidad” Recibido: 3 de mayo de 2011  Aceptado: 23 de mayo de 2011 y la Revolución  tampoco tiene desperdicio. Allí detecta una curiosa paradoja cual es la de que “a los franceses les pareció más insoportable su posición cuanto mejor era” 23 . En efecto, las reivindicaciones no suelen partir desde lo pésimo y uno sólo echa de menos aquello que puede vislumbrar cuando mejora su estado 24 . A medida que se van suprimiendo abusos, nos dice Tocqueville, es como si se fuera dejando al descubierto los que quedan, haciéndolos más inaguantables. He aquí todo un aviso para navegantes: “No siempre yendo de mal en peor se llega a la revolución. Suele ocurrir que un pueblo que había soportado, sin quejarse y como si nos las sintiera, las leyes más opresoras, las rechace con violencia cuando se aligera su peso. El régimen destruido por una revolu-ción es casi siempre mejor que el que le había precedido inmediatamente, y la experiencia enseña que el momento más peligroso para un mal gobierno suele ser aquel en que empieza a reformarse” 25 . Valgan estas notas como presentación a la figura de Toc-queville y a los trabajos reunidos aquí en torno a su pen-samiento, propiciados por un encuentro que se celebró en El Ateneo de Madrid organizado por Julián Sauquillo y quien suscribe. De quienes participaron entonces, hay que lamentar las ausencias de Pilar González Altable, Eduardo Nolla y José María Sauca. Dicho encuentro tuvo como marco el Seminario permanente que responde al acrónimo de C.L.A.S.I.C.O.S. (Colectivo de Lectura, Análisis y Sistema-tización de Clásicos con Orientación Social) integrado en el Programa Trust-CM sobre “Cultura de la Legalidad” (http://www.trust-cm.net).sea, que la democracia no debería reducirse a un mero proceso electoral. “Otra inclinación muy natural de los pueblos democráticos –advierte–, y muy peligrosa, es la que les induce a despreciar los derechos individuales y a no tenerlos casi en cuenta” 19 , en aras por ejemplo de unos derechos colectivos –cabría glosar.Lejos de ceñirse a los estereotipos, Tocqueville siempre intenta ver las cosas con su propia mirada, como cuan-do analiza con toda minuciosidad las circunstancias que propiciaron la Revolución Francesa. Su pormenorizado estudio le permitió descubrir que “una multitud de sen-timientos que creía hijos de la Revolución, infinidad de ideas que hasta entonces consideraba srcinadas por ella, mil hábitos a ella atribuidos” estaban ya larvados con anterioridad 20  y que, aun cuando la Revolución Francesa “cogió al mundo de improviso, no fue más que el com-plemento de una larga labor, la terminación rápida y violenta de una obra en la que diez generaciones habían tomado parte” 21 . Al final del proceso las ideas de algunos pensadores llegaron a calar en la masa y adquirir en ella el calor de una pasión política. De ahí el enorme influjo que tuvo en Francia la revolución americana. Ésta sólo hizo más palpable lo que ya se creía conocer; parecía como si los americanos no hicieran sino poner en práctica ciertas teorías francesas, haciendo realidad lo que habían soñado 22 .Como cualquier autor clásico que merezca ese nombre, las páginas de Tocqueville nos hacen pensar en los pro-blemas del presente. Su estudio sobre El Antiguo Régimen  ARBOR Vol. 187   750 julio-agosto [2011] 665-669 ISSN: 0210-1963doi: 10.3989/arbor.2011.750n4001 669 R  O B E R T  O R .A R A MA Y  O  16  Cf. Laurence Guellec, Tocqueville. L’Apprentissage de la liberté,  Micha-lon, Paris, 1996, p. 20. 17  Cf. Guellec, op. cit.,  p. 54. 18  Cf. Tocqueville, La democracia en America 2,  ed. cit., p. 406. 19  Cf. Tocqueville, op. cit.,  p. 414. 20  Cf. Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución,  Alianza Editorial, Madrid, 2004, p. 26. 21  Cf. Tocqueville, op. cit.,  p. 52. 22  Cf. Tocqueville, op. cit.,  p. 180. 23  Cf. Tocqueville, op. cit.,  p. 210. 24  Cf. Thomas Gil, Acciones, normati-vidad, historia,  Herder, Barcelona, 2010, pp. 88-89. 25  Cf. Tocqueville, El Antiguo Régimen y la Revolución,  ed. cit., p. 210. 7  Cf. Tocqueville, La Democracia en America,  ed. cit., p. 29. 8  Cf. Tocqueville, op. cit. , p. 31. 9  Cf. Tocqueville, op. cit.,  p. 33. 10  Cf. Jean Benoît, Tocqueville moralis-te,  Champion, Paris, 2004, p. 69; cf. sobre todo el cap. III. 11  Cf. la carta del 10 de noviembre de 1836 en La Correspondence Tocque-ville-Kergolay,  1, p. 148. 12  Cf. Tocqueville, La democracia en América 2,  Alianza Editorial, Madrid, 2006, p. 8. 13  Cf. Tocqueville, La democracia en América 1,  ed. cit., pp. 37-38. 14  Cf. Tocqueville, La democracia en América 2,  ed. cit., pp. 404-405. 15  Cf. Tocqueville, op. cit.,  p. 9.(http://www.trust-cm.net/miem-bros/ficha/id/15.html) y el proyecto Marie-Curie ENGLOBE. Ilustración e historia global   (http://www.englobe-itn.net/). 2  Cf. Alexis de Tocqueville, La demo-cracia en América 1,  Alianza Editorial, Madrid, 2006, p. 43. 3  Cf. Tocqueville, op. cit.,  p. 34. 4  Cit. por André Jardin, Alexis de Toc-queville (1805-1859),  Hachette, Pa-ris, 1984, p. 39. 5  Cf. Jean-Louis Benoît, Comprendre Tocqueville,  Armand Collin, Paris, 2004, pp. 5-10. 6  Cit. por Lucien Jaume, Tocqueville, les sources aristicratiques de la liberté,  Fayard, Paris, 2008, p. 399.
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