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LA TESERA 1 BUENO

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LA TESERA 1 BUENO
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  1 LA TÉSERA IBÉRICA (Una fábula o una hipótesis histórica) I Levante  Amanecía un caluroso solsticio de verano del año 1500 A.C. En la relevante urbe del Argar, los descendientes de los cazadores indálicos, famosos por tensar sus arcos sobre sus cabezas con la fuerza de sus brazos y que habían bajado desde la Sierra de María *  hacía diez siglos, se preparaban para comenzar una nueva era. Una serie de eventos trascendentales de signo natural iban a provocar una decisión que cambiaria la historia futura de la cultura más avanzada de la península Ibérica. En los últimos cinco siglos el progresivo descongelamiento de las nieves eternas, de los macizos montañosos que rodeaban el valle del río Almanzora y los llanos de Baza, habían principalmente tres acontecimientos: en primer lugar convertir en un vergel estas tierras llenándolas de ganado y cultivos, en segundo término hacer crecer una sociedad económica y socialmente más pujante que las que la rodeaban, incluso de otras más alejadas tanto por tierra como por mar y por último abrir vías de comunicación con el interior de allende las montañas que rodeaban esta parte meridional del occidente europeo. La civilización argárica, desde sus principios asentada en el litoral, abandonó los abrigos naturales y las cavernas de la comarca de los Vélez, *  Nota del autor: Para facilitar la lectura se han mantenido todos los nombres actuales de índole geográficos.  2 dejando allí su impronta de tribu guerrera y cazadora en multitud de pinturas rupestres. Se había dado la paradoja de que, empujados por una miniglaciacion que les obligó a buscar lugares más cálidos, comenzaron a desarrollar la cultura del vaso campaniforme, verdadero impulso de su evolución social.  A través de décadas de progreso se convirtieron en una comunidad pujante y evolucionada en la parte sur del levante de la agreste y salvaje península Ibérica, debido, principalmente, al cercano mar Mediterráneo que les trajo el contacto con los pueblos llamados del mar, procedentes del lejano oriente que llegaron atraídos por esa cerámica tan avanzada. Estas gentes a su vez les enseñaron la minería, la transformación del mineral en metales y la manufactura por ende de los mismos. Especialmente descollaron en la producción de ese metal codiciado por todos, abundante en la cercana Sierra Almagrera y parecido al oro, conocido por el cobre y a partir de este en la elaboración de armas de bronce. Simultáneamente explotaron el cultivo de la tierra gracias al abundante agua que llevaban los ríos Almanzora, Antas y Aguas, amén de riachuelos y torrenteras fruto del deshielo de los mismos glaciares y nevazos que les obligaron siglos atrás a dejar sus cuevas en las montañas. Los mismos bravos y salvajes uros que sus ancestros cazaban con arcos y flechas fueron convertidos en ganado que, si bien seguía conservando la fiereza de sus antepasados, ahora se dejaba conducir por montaraces pastores y pastaban de forma gregaria por las fértiles tierras.  Algunos de estos toros que por su singular valor eran reconocidos como los más encastados servían como dádivas o moneda de trueque comercial con otras civilizaciones florecientes del oriente del mar interior: los minoicos y los egipcios, ambos hábiles constructores de palacios, templos, fortalezas y señales cósmicas.  3 Ya no vivían en chozas ni en excavaciones troglodíticas. Construyeron una gran urbe llamada El Argar, con poblaciones régulas que llegaban hasta Baza y su altiplano por el oeste, Los Millares y la Sierra de Gador por el Sur, Sierra Espuña y el puerto natural de Cartagena por el norte daban término a, tal vez, uno de los primeros estados iberos de la Antigüedad. Pero no todo era tan portentoso. La tala de árboles para la fabricación del carbón vegetal necesario para la industria metalúrgica, la disminución del caudal de las aguas por causa de la desaparición paulatina del hielo y las continuas incursiones de las tribus salvajes y belicosas de los, más tarde, conocidos por bastetanos -que por esa misma causa natural vieron derretirse las murallas naturales que formaban las nieves- provocó el comienzo de un periodo de decadencia que les podría haber llevado a su desaparición. En la acrópolis de la explanada central de la metrópoli argárica se congregaba una expectante multitud variopinta de nativos, formada tanto por recios varones como por bellas mujeres de senos desnudos, agrupados según sus gremios con vestimentas y adornos de diferente signo se podían apreciar a: los ceramistas con sayones rojizos del contacto con el barro, los bateadores recubiertos de prendas de cuero grueso para protegerse del calor y los chisporroteos del metal, los mineros con sus personales e inseparables piquetas, los agricultores cubiertos, al igual que los pescadores y marineros del cercano puerto de Villaricos, con frescos faldellines, los pastores portando sus largos chuzos y provistos de hondas para proteger los rebaños de las alimañas, los altivos y fornidos guerreros con sus cascos, armaduras y grebas de bruñido bronce armados de largas falcatas y lanzas del mismo metal, y los sacerdotes vestidos con sus largas túnicas escarlatas y tocados por sus altaneras tiaras de  4 latón ricamente adornadas de piedras semipreciosas. En lugar preferente cerca de la imagen de la Madre Tierra, representada por una mujer tocada con dos grandes diademas circulares a los lados del bello rostro, se congregaba la aristocracia. Todos sin excepción se adornaban con torques y abrochaban sus prendas con fíbulas de cobre. Los arcaicos cuernos de rinocerontes lanudos de los cazadores de las cavernas sonaron para reclamar la atención y exigir el debido silencio a la alocución del caudillo Ger, señor y dueño de los descendientes de los indálicos, (llamados ahora Tzars en una lengua que daría lugar al idioma íbero), cubierta su cabeza con la corona de malaquita azul y sobre los hombros su capa de antiquísimas pieles de leones de dientes de sable, esperaba mayestático sobre un pedestal. Enseguida se hizo el silencio casi absoluto, tan solo importunado por el zumbar de los moscardones que a miles, ávidos de agua, volaban entre la sudorosa multitud. ― ¡Hombres y mujeres de estas tierras donde nace el Sol que todo lo crea para fecundar a su esposa la Madre Tierra! Cuando hace 10 veces un ciento nuestros intrépidos antepasados llegaron de las montañas y en lugar de pintar en grutas escenas de caza y de guerra empezaron a trabajar el barro, no se podían imaginar que sus descendientes serían, tiempo después, la tribu más avanzada y poderosa de estas tierras, rodeada por mares y cerrada por altas cordilleras, a la que llaman íberia los `pueblos que viven detrás de dond e nace el Sol.― la voz poderosa se silencio unos segundos y la muchedumbre rubricó con un murmullo de aprobación sus palabras―. Sin embargo , en estos últimos años estamos asistiendo al declive de todos los logros alcanzados. Las razones de ello son según unos, designios de los dioses escritos en las estrellas y para otros,  5 actuaciones y hechos de los que solo nosotros somos culpables. Es cierto que tenemos menos agua y que las otrora blancas cumbres van menguando y que el preciado liquido cuando cae del cielo provoca anegadas catastróficas para las cosechas y las gentes. Pero también es verdad que hemos despojado las riberas y cursos de las aguas de árboles y plantas, para con ello tener más espacio de cultivo y pastos de ganado bravo y más carbón para crear cobre y bronce. Muchos de nuestros hijos mueren pronto y otros nacen con taras, nuestra estirpe está en decadencia y es por una razón que conocemos todos los que tenemos rebaños de ganado; la endogamia provoca la degradación de la raza. La realidad nos guste o no, es que somos demasiados para estas tierras que habitamos. Por todo ello y en aras de salvar nuestra etnia y nuestra cultura debemos dividir nuestra tribu en dos partes. Una quedará en estos lares y la otra partirá hacia donde se pone el Sol. Allá, detrás de las montañas donde nace el gran río Guadalquivir, en las cercanías del gran mar Atlántico, hay una tribu hospitalaria con pocos miembros y que mora un territorio rico en ríos, cobre, bosques y tierras de cultivo. No conocen la ganadería, ni la cerámica y menos la metalurgia por lo que estamos convencidos que estarán deseosos de unirse a nuestra tribu. Al territorio lo llaman Huelva y los pobladores son conocidos por los Texos.― Ger hizo una pausa adrede para que sus súbditos asimilaran la apabullante noticia. Los comentarios entre los asistentes esta vez se convirtieron en un atronar de opiniones y no se pudo restablecer el silencio hasta que los cuernos arcaicos sonaron―. Por último escuchad ¡oh , afligido pueblo mío! No os anuncio el fin de nuestros días, sino el renacer de nuestra raza. Mientras que llegue el día de la partida que coincidirá con el próximo solsticio de verano, los jerarcas, capataces de gremios, y sacerdotes irán organizando de la mejor forma esta enorme
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