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Esa lucecita que se enciende para América: Fidel Castro en Uruguay, mayo de 1959

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Resumen: El artículo describe la primera visita de Fidel Castro a Uruguay a inicios de mayo de 1959. En aquella oportunidad, el joven revolucionario arribaba a América del Sur para participar de una instancia internacional en Buenos Aires. Fue como
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   Revista de la Red de Intercátedras de Historia de América Latina Contemporánea Año 4, N° 7. Córdoba, Diciembre 2017-Mayo 2018. ISSN 2250-7264 Roberto García Ferreira 54 Esa “lucecita que se enciende para América”: Fidel Castro en Uruguay, mayo de 1959 That "little light that goes on for America": Fidel Castro in Uruguay, May 1959 Resumen: El artículo describe la primera visita de Fidel Castro a Uruguay a inicios de mayo de 1959. En aquella oportunidad, el joven revolucionario arribaba a América del Sur para participar de una instancia internacional en Buenos Aires. Fue como parte de ese periplo que también había incluido antes su visita a Estados Unidos, Canadá, un breve pasaje por Trinidad y Tobago, Brasil y Argentina, que Castro decidió su frenético pasaje por Uruguay. Durante las 44 horas que permaneció en el país su agenda fue intensa: conferencia improvisada al bajar del avión; reunión con el canciller uruguayo y en el Consejo Nacional de Gobierno; comparecencia en televisión; visita a los sitios afectados por las inundaciones; orador en un acto público multitudinario; y reunión confidencial con una delegación estudiantil en el hotel donde se hospedaba. Nutrido de fuentes diversas  –  prensa, información diplomática de varios repositorios, etc.-, el artículo explorará especialmente aquellas consultadas en dependencias del Servicio de Inteligencia y Enlace de la Policía uruguaya, que siguió de cerca lo relacionado a la visita del revolucionario caribeño.  Palabras Clave: Fidel Castro, Cuba, Uruguay, Revolución Cubana  Abstract: The article describes Fidel Castro's first visit to Uruguay in early May 1959. At that time, the young revolutionary arrived in South America to participate in an international instance in Buenos Aires. It was as part of that tour that had also included before his visit to the United States, Canada, a brief passage through Trinidad and Tobago, Brazil and Argentina, that Castro decided his frantic passage through Uruguay. During the 44 hours that he stayed in the country his schedule was intense: impromptu conference when getting off the plane; Meeting with the Uruguayan chancellor and in the National Council of Government; Television appearance; Visits to sites affected by floods; Speaker at a large public event; And confidential meeting with a student delegation at the hotel where he / she was staying. Nourished from diverse sources - press, diplomatic information from several repositories, etc. -, the article will explore especially those consulted in dependencies of the Intelligence and Liaison Service of the Uruguayan Police, which closely followed what is related to the visit of the Caribbean revolutionary.  Key Words: Fidel Castro, Cuba, Uruguay, Cuban Revolution   Fecha de recepción: 24 de abril de 2017 Fecha de aceptación: 31 de octubre de 2017     Revista de la Red de Intercátedras de Historia de América Latina Contemporánea Año 4, N° 7. Córdoba, Diciembre 2017-Mayo 2018. ISSN 2250-7264 Roberto García Ferreira 55 Esa “lucecita que se enciende para América”: Fidel Castro en Uruguay, mayo de 1959 Roberto García Ferreira *   Introducción Aunque nunca existirá consenso acerca de su legado y el tiempo transcurrido desde el fallecimiento en noviembre de 2016 es escaso (Pettinà, 2016; Pérez, 2016)   siempre resulta propicio repasar, aunque sea muy brevemente, algún momento de la vida del revolucionario cubano Fidel Castro. Mucho se ha insistido y se seguirá escribiendo en cuanto a cómo su figura trascendió ampliamente las fronteras del hemisferio americano, abarcó diferentes épocas, enfrentó a presidentes vecinos arrogantes y presurosos por ejecutar en su contra acciones encubiertas para derrocarle o asesinarle, etc. Pese a que no debe confundirse la historia de la Revolución Cubana con la suya propia  –  la isla caribeña tenía un largo pasado de luchas previas por su independencia así como una siempre presente dosis de nacionalismo destinado a quitarse de encima el peso absolutamente abrumador de los Estados Unidos-, es indudable que Castro fue la figura excluyente del proceso. Este artículo, nutrido de fuentes diplomáticas, policiales y notas de prensa publicadas en la época, repasa la primera y fugaz presencia en tierras uruguayas del emblemático líder caribeño a inicios de mayo de 1959. Fueron 44 horas intensas. Estuvieron plagadas de símbolos novedosos e irreverentes, con ideas y discursos que comenzaban a sacudir estructuras regionales arcaicas. A la vez, también se explicitaba la existencia de una “nueva ética”, una “nueva moral revolucionaria”, intencionalmente alejada de la que exhibían algunos caudillos autoritarios latinoamericanos, entre quienes la corrupción era moneda corriente. Pero, por sobre todas las cosas, aquel rápido pasaje por Uruguay también fue portador de acciones concretas, propias del desinteresado “internacionalismo” cubano, que como ha mostrado el profesor Piero Gleijeses para las acciones cubanas en África, constituye un ejemplo único en la historia de las relaciones internacionales (Gleijeses, 2004; Salazar, Luis y Kruijt, Dirk, 2015). La Revolución Cubana y América Latina La Revolución Cubana de 1959, su posterior consolidación y el giro radical del proceso desde 1961 marcaron un punto de inflexión en la historia de América Latina. Supuso el mayor y más consistente desafío regional enfrentado por Estados Unidos en una zona donde su influencia ha sido a menudo decisiva. Desde allí, como postula Tanya Harmer, la “multifacética” “guerra fría interamericana”  (Harmer, 2013: 18) se intensificó a todo nivel: el mundo de los partidos políticos en su amplio espectro ideológico; los movimientos sociales juveniles; las relaciones internacionales y el complejo entramado institucional tejido en torno a la “seguridad colectiva”; el rol de los intelectuales; la cooperación económica y la que mantenían entre sí las agencias de inteligencia regionales; etc. Todo ello y más fue atravesado por un modelo desafiante que  pregonaba algo radicalmente novedoso: ya no se trataba de las acciones “reactivas” provocadas entre las elites conservadoras latinoamericanas por el comunismo inspirado desde *  Doctor en Historia. Departamento de Historia Americana, Facultad de Humanidades y Ciencias de la Educación, Universidad de la República (Uruguay), Sistema Nacional de Investigadores. robertogarciaferreira@hotmail.com   Revista de la Red de Intercátedras de Historia de América Latina Contemporánea Año 4, N° 7. Córdoba, Diciembre 2017-Mayo 2018. ISSN 2250-7264 Roberto García Ferreira 56 una lejana Moscú. A partir de 1959, la cultura de la “revolución” se instaló en la región y lo sucedido distaba del mero simbolismo: los cubanos también emprendieron acciones de “diplomacia   alternativa” para apoyar institucionalmente a los movimientos guerrilleros latinoamericanos (Domínguez, 2013). Se inspiraban en una concepción que, nuevamente siguiendo a Gleijeses -único investigador en acceder a documentos cubanos relevantes, aunque limitados al África- , consideraba que América Latina constituía el “hábitat natural” de los caribeños (Gleijeses, 2004). Sin embargo, “carecemos desesperadamente” de un estudio documentado sobre el papel de Cuba en la región sostiene la avezada investigadora Daniela Spenser. En buena medida es explicable por el hermetismo con el cual desde la isla caribeña se ha imposibilitado la investigación en archivos de ese país. Aunque comprensible por tratarse de una revolución fuertemente asediada desde el exterior, esta cultura de secreto contribuyó a expandir una producción ensayístico-periodística de denuncia, habitualmente carente de rigor y de marcos interpretativos apropiados, lo que escasamente explica hechos aun altamente sensibles. Dentro del campo profesional, tales ausencias obligaron a los historiadores a recurrir, muchas veces excesivamente, a documentación de otros países, ocupando aquellas conservadas en archivos estadounidenses un lugar protagónico, lo cual equivale a exhibir una perspectiva fuertemente unidireccional. Un ejemplo elocuente de esto es la reciente obra de LeoGrande y Kornbluh sobre la secreta “diplomacia encubierta” entre Washington y La Habana desde 1959  (LeoGrande, Kornbluh, 2015). El “terremoto cubano” hacia el Cono Sur   Pese a las peculiares características del proceso democrático nacional y a su amplia valoración entre los vecinos, Uruguay no permaneció ajeno a los fuertes embates llegados del Caribe. De todas formas, vayamos por partes. Fidel Castro no llegó exclusivamente al Uruguay. Su periplo comenzó el 15 de abril en los Estados Unidos, donde brindó varias conferencias a periodistas y también participó de actividades académicas en Harvard y Princeton, todas ellas muy concurridas por un público de estudiantes expectante de conocerlo. El recibimiento en las altas esferas de Washington fue frío, pese a que desde febrero era el Primer Ministro de Cuba: apenas 15 minutos con el vicepresidente Richard Nixon. Breve paso por Montreal el día 26; reunión con su hermano Raúl en Houston el 27 y desde allí su viaje hacia Sudamérica. San Pablo, Brasilia, Buenos Aires, Montevideo y Río de Janeiro fueron, en ese orden, sus destinos, con escalas en Trinidad y Tobago para abastecer de combustible al avión de la Compañía Cubana destinado para cubrir especialmente los mencionados tramos (Sin autor, 2015a, b). Pese al poco tiempo transcurrido desde la huida de Fulgencio Batista rumbo a Santo Domingo, donde lo esperaba Rafael Trujillo, el proceso cubano ya exhibía ante el mundo un carácter radical en sus formas y vertiginoso en cuanto al ritmo de dichos cambios. El férreo voluntarismo y la juventud de aquellos jóvenes “barbudos” victoriosos que habían bajado desde la Sierra Maestra también eran parte de la atmósfera novedosa que comenzaba a sacudir Latinoamérica. Entre los varios hechos emprendidos por la dirigencia revolucionaria y que precedieron a la gira de Castro, merecen destaque los juicios sumarios contra algunos “esbirros” del Ejército de la “dictadura batistiana” y la famosa “Operación Verdad”  con la cual los revolucionarios procedieron a la defensa de dichos procedimientos. El embajador uruguayo en La Habana insistía desde 1957 y durante todo 1958, que en caso de vencer el Movimiento 26 de Julio, la magnitud, frialdad e ilegalidad de los asesinatos   Revista de la Red de Intercátedras de Historia de América Latina Contemporánea Año 4, N° 7. Córdoba, Diciembre 2017-Mayo 2018. ISSN 2250-7264 Roberto García Ferreira 57 cometidos por las fuerzas de Batista generarían, muy probablemente, un escarmiento violento de parte de los vencedores. Aunque no lo habían hecho con anterioridad para juzgar el proceder y los crímenes de los dictadores anticomunistas aliados de Estados Unidos, en enero de 1959 un conjunto de senadores estadounidenses censuró rápidamente el proceder de los revolucionarios cubanos, acusándolos de “bárbaros”. Gran número de notas de prensa y editoriales sensacionalistas fueron publicados en la prensa latinoamericana criticando lo que  pasaba en la isla. A ese desafío respondió la rápida creación de “Prensa Latina”, destinada a quebrar el cerco noticioso que imponían las grandes agencias noticiosas norteamericanas. Y es en esa atmósfera y a la vez como parte de lo que ha sido una celosa defensa de la política exterior cubana en una región estratégica como era América Latina, que el periplo de Castro debe entenderse. Tenía apenas 32 años y fue recibido con encendidas muestras de  júbilo en cada ciudad latinoamericana. Contrastaba en forma significativa con lo que un año antes le había acontecido al estadounidense Nixon, abucheado y salivado en varias capitales donde el episodio de Guatemala aún permanecía fresco en la memoria y el repetido “abrazo” a los dictadores generaba amplio rechazo. El objetivo primordial de Castro era participar de la Reunión del “Comité de los 21” que tendría lugar en Buenos Aires a inicios de mayo de 1959. La instancia formaba parte de los esfuerzos dirigidos a procurar que Estados Unidos se decidiera a promover el desarrollo regional. Desde una década atrás se bregaba, sin éxito, por un “Plan Marshall” para América Latina y el presidente brasileño Juscelino Kubitsheck, en agosto de 1958, había decidido tomar la iniciativa enviándole una carta a su par Eisenhower (Rabe, 2016). En Buenos Aires a “disgusto”   La estadía en Buenos Aires fue limitada: el presidente Arturo Frondizi y su canciller le sugirieron al cubano un bajo perfil, mostrándole la inconveniencia de celebrar mítines públicos. De esa forma, la participación de Castro quedó acotada a su intervención en la sesión plenaria del Comité técnico y más tarde a una conferencia de prensa en el hotel donde se alojó. 1  Importa reseñar parte del contenido y las formas que asumió en la ocasión, indicativas del momento de quiebre que ya insinuaba la Revolución Cubana al interior de los ámbitos tradicionales de la institucionalidad regional. Una primera cuestión pasa por mencionar la expectación que generaba su figura: para la conferencia, el salón quedó pequeño y debió cambiarse ante el numeroso público, que desbordó las expectativas de los organizadores. Segundo, y ya refiriéndonos a su discurso ante el Consejo Económico, Castro optó por hablar de pie y no sentado como era costumbre. Expresó que ello no se habituaba a su estilo y lo  justificó por la “invasión de reporteros y periodistas” que le impedirían mirar a la concurrencia. Tercero, también se diferenció en su forma de vestir: no llevó traje sino que el atuendo era  –  su más tarde clásico- uniforme militar verde olivo. Cuarto, mientras los delegados leían sus discursos, él prefirió asumir los “riesgos” de hablar con “espontaneidad y sinceridad”. Quinto, argumentó que aunque los pueblos latinoamericanos tenían hombres capacitados y grandes exponentes en las conferencias internacionales, entendía que las mismas pasaban a la historia como “meros torneos” de “oratorias” mientras los “pueblos”  permanecían distantes: “sencillamente no tienen fe, y no tienen fe porque no ven realidades”.   1   Archivo de la Dirección Nacional de Información e Inteligencia (DNII), Carpeta 429 A, “Actos con motivo de la visita de Fidel Castro. Comentarios de prensa”, “Está disgustado el Primer Ministro cubano Fidel Castro por el tratamiento of  icial de que ha sido objeto en Buenos Aires”,  La Mañana , 3 de mayo de 1959.   Revista de la Red de Intercátedras de Historia de América Latina Contemporánea Año 4, N° 7. Córdoba, Diciembre 2017-Mayo 2018. ISSN 2250-7264 Roberto García Ferreira 58 Tras esas cuestiones preliminares, pasó a enumerar la necesidad de que la región emprendiera con una nueva “actitud de ánimo”, el abordaje profundo de los problemas comunes que los aquejaban. Apuntaba a terminar con la “tendencia a aplicar anestesia más que remedios, paliativos más que remedios”. El grave problema pasaba por encontrar caminos  para superar el “subdesarrollo”, causa y no consecuencia de la “inestabilidad política” siempre latente en esta parte del mundo. Para ello se debía enfrentar las “tareas de gobierno” con un “cúmulo extraordinario de honradez” pues “la corrupción es un vicio que nos desacredita”. Imperioso era terminar con los “gobiernos de fuerza” ya que “a los pueblos muchas veces les hablan de democracia los mismos que la están negando en su propio suelo”. Y, paralelamente, demostrar capacidad para conducirse: “parecemos una raza incapaz de gobernarse a sí misma;  parecemos una raza incapaz de resolver sus propios problemas”. En su diagnóstico trascendía los marcos locales y la clave regional también servía para interpretar vías alternativas desde las cuales sacar a los pueblos del “letargo” en que han estado sumidos. Emprender reformas agrarias e incentivar el desarrollo industrial ocupaban los primeros lugares. La “inversión” de capital era indispensable dentro de este esquema y los países latinoamericanos no disponían de posibilidades en ese sentido. En razón de ello su idea pasaba por impulsar la “cooperación”, que para esta zona del mundo debía venir naturalmente de los Estados Unidos . Por otra parte, este país era el único que ya lo había hecho con éxito en Europa, “más no lo ha hecho en favor de los pueblos de la América Latina”. Sin embargo, su propuesta pasaba por romper los esquemas vigentes ya que insistir en la estrategia del “c apital privado de inversión” –  forma que sostenían los estadounidenses para la región desde 1947- no tenía sentido: “es la fórmula que no es solución”. Sólo había una posibilidad dijo Castro para que esa “cooperación” pudiera ser efectiva: debía llegar por medio del “financiamiento público”. La delegación cubana que él presidía calculó que América Latina necesitaba una inversión de 30,000 millones de dólares en diez años para alcanzar el desarrollo, cifra a la que no había que temerle completó (Castro, 1959a). Aunque no todas las ideas eran por supuesto novedosas, sí lo era el énfasis en cuanto a esto último, es decir, sobre la fuente de las inversiones que necesitaban urgentemente los países latinoamericanos. La Revolución Cubana en Uruguay: ecos inmediatos La irrupción en la escena local de la victoria de los revolucionarios cubanos fue rápida. El relacionamiento entre Uruguay y el régimen que presidía Batista desde el golpe de estado de marzo de 1952 había sido difícil, más allá de que ambos procuraron guardar las formas diplomáticas. Desde el tradicionalmente democrático país del sur, se cuestionaban tanto los medios empleados por Batista para alcanzar el poder como su condición de militar. Un informe confidencial de la embajada cubana en Uruguay es explícito en cuanto a esto, informando el peso negativo que tenía en la tradición democrática uruguaya el factor militar. Además, se ponderaba la cautela tradicional en la postura internacional uruguaya respecto al reconocimiento de los regímenes que resultaran de procesos de fuerza. 2  Más adelante, la embajada uruguaya acreditada en La Habana no sólo informaba sobre la situación de inestabilidad y el clima de violencia que se vivía sino que tuvo especial protagonismo brindando asilo diplomático a varios integrantes del Movimiento 26 de Julio que llegaban a dicha misión para salvar su vida. Pueden verse entre los registros consultados las varias gestiones que en ese sentido emprendió el Dr. Raúl Roa, Decano de la Facultad de 2  Archivo Histórico del Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba (AMREX-Cuba), Fondo Fulgencio Batista, Embajador Vicente Valdés Rodríguez a Cancillería, “Sobre reconocimiento de Gobierno”, Oficio Confidencial No. 7, 10 de abril de 1952, Embajada de Cuba en Uruguay.
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