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Árabes, beréberes y autóctonos en el proceso de arabización lingüística de al-Andalus (ss. VIII-X), I. Los árabes y los beréberes, 2015

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The Arab conquest of the Iberian Peninsula led to the meeting of three different linguistic communities. One of them, the Arabic-speaking elite, prevailed as the dominant community, whose signs of identity – the Arabic language and Islam – were
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  ПЛОВДИВСКИ   УНИВЕРСИТЕТ  „ ПАИСИЙ   ХИЛЕНДАРСКИ “ – БЪЛГАРИЯ   НАУЧНИ   ТРУДОВЕ , ТОМ  53, КН . 1, СБ . А , 2015 – ФИЛОЛОГИЯ , PAISII HILENDARSKI UNIVERSITY OF PLOVDIV – BULGARIA RESEARCH PAPERS, VOL. 53, BOOK 1, PART А , 2015 – LANGUAGES AND LITERATURE  430 ÁRABES, BERÉBERES Y AUTÓCTONOS EN EL PROCESO DE ARABIZACIÓN LINGÜÍSTICA DE AL-ANDALUS (SS. VIII-X) I. LOS ÁRABES Y LOS BERÉBERES Yuliya Miteva Universidad de Veliko Tarnovo “Stos Cirilo y Metodio”    ARABS, BERBERS AND NATIVES IN THE PROCESS OF LINGUISTIC ARABIZATION OF AL-ANDALUS (8th-10th CENTURY) I. THE ARABS AND THE BERBERS Yuliya Miteva Veliko Turnovo University St. Cyril and St. Methodius The Arab conquest of the Iberian Peninsula led to the meeting of three different linguistic communities. One of them, the Arabic-speaking elite,  prevailed as the dominant community, whose signs of identity – the Arabic language and Islam – were adopted by most of the members of the two subordinate communities i.e. the Berbers and the natives. We propose to study the beginning of the process of linguistic Arabization of the Andalusian  population from the perspective of sociolinguistics and the social history of language.  Key words:  al-Andalus, Arabization, Arabs, Berbers, languages in contact   Introducción  Este trabajo se desarrolla en el “espacio conceptual” que se abre entre tres disciplinas: la Historia de la lengua, la Sociolingüística y la Historia social. Este nuevo espacio conceptual nos obliga a adoptar un nuevo enfoque, llamado por Burke el tercer enfoque,  el de la Historia social de la lengua, que “ podría resumirse como el intento de agregar una dimensión social a la historia del lenguaje y una dimensión histórica al trabajo de los sociolingüistas y etnógrafos del habla” (Burke 1996: 17). El análisis que nos proponemos realizar no es lingüístico y no se centra en la lengua, sino en la sociedad, entendida como un microcosmos integrado por distintas comunidades de hablantes.     ÁRABES, BERÉBERES Y AUTÓCTONOS EN EL PROCESO… 431 Los árabes Según el anónimo autor de la   Gramática de la lengua vulgar de  España  (Lovaina 1559), a mediados del siglo XVI en la Península Ibérica se hablaban cinco lenguas: vasco, árabe, catalán, español y portugués. La lengua árabe tiene, según este autor, “el lugar segundo, no solo por su antigua y noble descendencia, como también por haber escrito en ella muchos españoles bien y agudamente diversas obras en todas las artes liberales: ésta se habla en el Reino de Granada, y en parte de los reinos del Andalucía, de Valencia y Aragón” ( Gramática 1559: 2). Como se puede observar, a mediados del siglo XVI el árabe todavía era una de las lenguas vivas de España. Medio siglo después, esta realidad lingüística iba a cambiar para siempre, sentenciando la muerte del árabe andalusí con la expulsión de las últimas comunidades que aún lo hablaban: los moriscos de Valencia y de Granada. La historia del árabe en la Península Ibérica había empezado mucho antes con la conquista islámica del año 711, cuando a las costas de la actual Andalucía llegan los primeros contingentes árabes y beréberes del  Norte de África. Lo que buscaban estos soldados era sobre todo botín. No tenían un plan premeditado y una intención decidida de quedarse. De hecho, muchos de los que habían cruzado el Estrecho volvieron después de un tiempo. Otros, sin embargo, decidieron quedarse y fue en este momento cuando la lengua árabe inició su aventura por tierras hispanas. Algo que había empezado un poco por azar y por capricho estaba llamado a tener larga vida en la Península y marcó profundamente su destino. Luís de Mármol Carvajal (1573: 79) describe de una forma muy viva cómo cambió el paisaje humano y lingüístico de Hispania tras la conquista: “Sabidas estas victorias en Affrica, fue tanto el numero de Alarabes y de Africanos que creció en España, que todas las ciudades y villas se hincheron dellos, porque ya no pasaban como guerreros, si no como  pobladores con sus mugeres y hijos; en tanta manera que la religión, costumbres y lengua corrompieron, y los nombres de los pueblos, de los montes, de los ríos y de los campos se mudaron”. ¿Cuántos eran los árabes que llegaron a la Península y cuál fue su destino después de la conquista? Esta cuestión ha dado mucho que hablar y ha generado una encendida polémica entre los historiadores. La historiografía tradicional tendía a subestimar el número de los contingentes militares árabes y beréberes y a sobrevalorar la densidad demográfica de la  población hispano-goda. Sánchez Albornoz (1965) decía que en realidad el número de árabes no superaba los 30 mil, una cantidad insignificante, en su  Yuliya Mitev а   432 opinión, en comparación con “los millones de hispanos” que habitaban en la Península Ibérica en aquel entonces. Es imposible determinar el número de la población hispano-goda a  principios del siglo VIII. Existen enormes diferencias entre las cifras que  proponen los historiadores y que varían entre 2 y medio y 7 millones de  personas, un margen excesivamente amplio. Glick (1991) y Cruz Hernández (1992) apuestan por la cantidad más alta. Los pronósticos más  pesimistas, a su vez, pertenecen a Guichard (1995) y Chalmeta (2003). Esa disparidad se debe, según Abellán Pérez (2006), a la falta de censos específicos en la época y a la ausencia de referencias demográficas en la documentación. Según Chalmeta (1989), la sociedad visigoda atravesaba una  profunda crisis demográfica y económica en vísperas de la conquista árabe y la población hispano-goda no podía superar los dos, dos y medio millones de personas. Si se aceptan sus cálculos de que los árabes y  beréberes sumaban unos 150-200 mil guerreros en total, esto significaría que los foráneos (orientales y norteafricanos) constituirían a principios del siglo VIII entre un 10 y un 15% de la población total, un porcentaje nada desdeñable. La mayoría de ellos eran berberófonos, un dato sobre el que volveremos, pero que es importante dejar claro desde el principio. Hay que tener en cuenta, además, que al número inicial de beréberes y árabes que entraron en la Península con la conquista se sumaron otros efectivos de musulmanes de diverso srcen, pero sobre todo norteafricanos, que cruzaron el Estrecho con posterioridad, como consta en el testimonio ya aludido de Mármol Carvajal. Uno de los aportes más significativos de población arabófona que se  produjo después de la conquista fue el asentamiento en al-Andalus de un ejército sirio en 742. Podemos decir que el flujo de población fue continuo en los siglos posteriores a la conquista, en las dos direcciones. ¿Por qué la cuestión del número de los árabes preocupaba tanto a los historiadores de la vieja escuela? No se trataba de una mera cuestión estadística. La demografía fue el argumento más sólido sobre el que se montó la tesis tradicional que postulaba la superioridad de lo hispano sobre lo árabe y de lo occidental sobre lo oriental.   Su propósito, en realidad, era demostrar que los pocos árabes que llegaron a Hispania en el 711 pronto fueron asimilados por la masa de la población autóctona y que el elemento étnico que finalmente se impuso fue el hispano. Ribera (1912) intentó demostrar con fórmulas matemáticas el efecto de los matrimonios entre árabes y mujeres indígenas, llegando a la conclusión de que, genéticamente, los Omeyas eran españoles de pura cepa, realidad que   ÁRABES, BERÉBERES Y AUTÓCTONOS EN EL PROCESO… 433 quedaba oculta tras las largas cadenas onomásticas árabes. “Si quisiéramos fijar matemáticamente el elemento raza –decía Ribera (1912: 10-11)- teniendo en cuenta la línea femenina y adjudicando a ésta la misma  proporción que la paterna, resultaría que Abderrahmen I era la mitad  berberisco y la mitad árabe (en el supuesto de que en sus antepasados no hubiese habido mezcla alguna). En cifras, tendría el 50 por 100 de árabe y el 50 por 100 de berberisco. Su hijo Hixem I, hijo también de una esclava no árabe, tendría el 50 por 100 de la raza materna, el 25 por 100 de  berberisco y sólo el 25 por 100 de árabe. Siguiendo la progresión descendente, Alháquem I, ya no tendría más que el 12,50; Abderrahmen II, el 6,25; Mohámed, el 3,12; sus hermanos Almondir y Abdala, el 1,56; Mohámed (que no reinó), el 0,78; Abderrahmen III, el 0,39; Alhaquem II, el 0,19; y se llega á Hixem II, que sólo tiene ya 0,09 por 100 de árabe. Es decir, que Hixem II, en cuya genealogía hay apellidos árabes a montones, apreciado matemáticamente el elemento raza, no tiene de árabe ni siquiera una milésima”. Como recuerda Guichard (1989: 75-76), la reivindicación del “hispanismo” o del “occidentalismo” de los musulmanes de la Península Ibérica durante la Edad Media es una tesis historiográfica relativamente reciente, que se inicia en el siglo XIX y llega hasta nuestros días. Para legitimar el estudio del pasado islámico y reintegrarlo en el relato histórico nacional, que se estaba gestando en la época, los arabistas decimonónicos tuvieron que “españolizar” la herencia árabe (Fierro 2008a: 79). No era fácil integrar la etapa andalusí en el gran relato de la historia nacional, en lo que Manzano llama el “discurso nacionalista”. Con este objetivo tanto Simonet, como Ribera, y más tarde Sánchez Albornoz, intentaron apropiarse del pasado andalusí hispanizándolo, imprimiendo el sello de hispano, autóctono y cristiano a todo lo andalusí. El argumento más fuerte que jugaba a su favor era la demografía. El escaso número de conquistadores árabes y norteafricanos que habían cruzado el Estrecho se hispanizaron, según estos autores, en contacto con la población indígena, superior no solo numérica, sino también culturalmente. La conquista árabe no supuso una ruptura en el devenir histórico de la nación. El injerto árabe no alteró ni étnica, ni culturalmente la esencia hispana, que permaneció intacta a lo largo de los siglos hasta los tiempos de la Reconquista (Manzano Moreno 2000: 57). Esta corriente historiográfica, que podríamos definir como continuista, empieza con Simonet (1888, 1897-1903) y se caracteriza, en  palabras de Guichard (1989: 76), “ por su insistencia en la continuidad esencial de la historia hispánica. La esencia hispánica pervive debajo de las  Yuliya Mitev а   434 apariencias del cambio lingüístico y religioso, producido por el triunfo del Islam en la Península Ibérica”. La teoría etnicista de Ribera, según la cual la comunidad hispana asimiló a los semitas en un par de generaciones, escondía una contradicción de base: confundía lo biológico con lo cultural (Chalmeta 1989: 30). Es evidente que hubo mestizaje étnico en al-Ándalus, como demuestran los matrimonios mixtos. Es evidente también que el mestizaje étnico implica cierto grado de mestizaje cultural. La cuestión es cuál fue el resultado de este cruce. Para que hubiera habido hispanización de los árabes, dice Chalmeta, se tiene que verificar que estos hayan adoptado el modelo cultural indígena, algo que no sucedió. Los indígenas eran cristianos, en su inmensa mayoría, y hablaban distintas variedades romances. Los extranjeros, como los llamaba Simonet, eran musulmanes, arabófonos y berberófonos. ¿Cómo explicar que dos siglos después de la conquista, en pleno siglo X, la mayoría de la población andalusí, sin importar su srcen, profesara el Islam y hablara árabe? ¿Quién asimiló a quién? Dicho de otra forma, ¿quiénes marcaron realmente las pautas de la aculturación? El resultado de los procesos de arabización e islamización fue demasiado evidente como para negarlo, por eso se le restó importancia. Una superficial islamización y arabización no podían alterar la esencia de la identidad hispana, decía Sánchez Albornoz (1962). Es muy difícil definir esa esencia hispana que va más allá de la lengua y de la fe. En aquella época, como en la actualidad, lo que define a un individuo o a un grupo de  personas es su identidad cultural (lingüística y religiosa). De modo que es mejor dejar a un lado la esencia hispana, que es inaprensible, y hablar de cultura, de lenguas y de religión, conceptos algo más objetivos. A partir de mediados del siglo XX se produce un giro en la historiografía dedicada a al-Andalus. Cambian los presupuestos teóricos, los enfoques, los temas. La renovación es tan profunda, dice Acién Almansa (1998: 45), que ya es imposible mantener los postulados “tradicionalistas” de Sánchez Albornoz. La contestación más contundente a las tesis de Simonet y Ribera vino de fuera de España, y en concreto de  parte de uno de los máximos representantes del arabismo francés, Guichard. “Desde un punto de vista cultural –dice este autor (1995: 178-179)– no poseemos pruebas de que las uniones con indígenas hayan “occidentalizado” o “hispanizado” a árabes y beréberes. Y lo poco que sabemos de la lengua corriente utilizada en los medios de srcen oriental, no permite concluir que el romance fuera adoptado de forma generalizada  por todas las categorías de la sociedad andalusí”.
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