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La praxeología de Pierre Bourdieu: Acción y estructura

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La furia o el horror que suscitan, a veces, los resultados de mi obra tal vez se explique por el hecho de que esta mirada un poco desencantada, sin ser sarcástica o cínica, se aplica también a los universos que son el lugar por antonomasia del
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  La praxeología de Pierre Bourdieu: Acción y estructura.  La furia o el horror que suscitan, a veces, los resultados de mi obra tal vez se explique por el hecho de que esta mirada un poco desencantada,  sin ser sarcástica o cínica, se aplica también a los universos que son el lugar por antonomasia del desinterés (por lo menos en la representación de quienes participan de él), como por ejemplo el mundo intelectual (1997 pág. 139) La obra de Pierre Bourdieu lo ha convertido ya en un clásico de la sociología contemporánea, pero una lectura desprevenida de la misma puede hacer creer que es más un estructuralista que un teórico de la acción. Sin embargo, conviene analizar seriamente su teoría de la acción, así sólo sea para deconstruir los reproches simplistas que le hacen sobre ser marxista o estructuralista, y entender que es fundamentalmente un praxeólogo; y si bien es posible leer su teoría como una serie de proposiciones teóricas, lo que en realidad hay que rescatar de su trabajo es un modo de hacer, un método, un oficio. Es en la práctica de este oficio cómo elabora sus tan citadas categorías teóricas y cómo logra pensar una nueva forma de relacionar dialécticamente las estructuras con los agentes sociales. Esta larga cita de uno de sus últimos libros, lo expresa claramente: A continuación, una filosofía de la acción, designada a veces como disposicional, que toma en consideración las potencialidades inscritas en el cuerpo de los agentes y en la estructura de las situaciones en las que éstos actúan o, con mayor exactitud, en su relación. Esta filosofía, que se condensa en un reducido número de conceptos fundamentales, habitus , campo, capital, y cuya piedra angular es la relación de doble sentido entre las estructuras objetivas (las de los campos sociales) y las estructuras incorporadas (las de los habitus ), se opone radicalmente a los presupuestos antropológicos inscritos en el lenguaje en el que los agentes sociales, y muy especialmente los intelectuales, por lo general suelen confiar para rendir cuenta de la práctica (…) . Y en la misma medida se opone a las tesis más extremas de un estructuralismo concreto, negándose a reducir los agentes, a los que considera eminentemente como activos y actuantes (sin por ello convertirlos en sujetos), a meros epifenómenos de la estructura (…) . Soy consciente de mis escasas posibilidades de lograr transmitir realmente, sólo mediante el discurso, los principios de esta filosofía y las disposiciones prácticas, el “ oficio ” , en el que se encarnan. Peor aún, sé que… me  expongo a verlas transformadas en proposiciones teóricas, sometidas a discusiones teóricas, muy adecuadas para erigir nuevos obstáculos para la transmisión de las formas constantes y controladas de actuar y de pensar que son constitutivas de un método (1997, págs. 7-8). ¿Qué es la acción? ¿Qué hay que entender por estructura? ¿Cómo se relacionan acción y estructura? Estas son las cuestiones fundamentales de cualquier teoría social. Pero, incluso si estos problemas conciernen al conjunto de las ciencias humanas y sociales, las respuestas dadas hasta ahora son totalmente heterogéneas.  El enfoque de Bourdieu intenta superar el abismo, frecuentemente llamado cisma, de las “dos   sociologías” 1 . La forma como lo hace y la dirección que toma su argumentación, con su enfoque de estructuración, aún son pertinentes. Bourdieu es considerado por muchos un “ estructuralista marxistoide ”  pues no tiene en cuenta el “ libre arbitr io”  de los actores sociales en la acción. Por eso conviene retomar su teoría de la acción   partiendo de su esquema tripartito y praxeológico: estructura- habitus -práctica. Se evidenciaran las etapas del enfoque praxeológico de Bourdieu y su importancia para una teoría de la acción, primero considerando el eje vertical de su análisis de las clases sociales, y luego, desde el eje horizontal de su estudio de los campos. Para hacerlo, se parte aquí de tres tesis: la primera, historiográfica, que afirma la continuidad de su pensamiento; la segunda, metodológica, que sostiene que él superó el cisma de las dos sociologías; la última, teórica, que plantea que su enfoque logra una interacción entre la estructura social y la cultura, en ambos planos (horizontal y vertical). Se intenta mostrar así que el enfoque de Bourdieu recoge de un modo constructivo todos los problemas concretos de la teoría de la acción y que su esquema (teoría, habitus  y práctica) es pertinente para las ciencias humanas y sociales. En todo caso, la tesis central será que Bourdieu no construye una teoría de la acción en el sentido clásico del término, pues su estructuración  praxeológica  insiste en el anclaje estructural de la acción (Janning, 1991). A la inversa de Max Weber, de la teoría económica o de la teoría de la elección racional, ya no es la simple acción de un actor individual o colectivo lo que está en juego, sino la acción estratégica, guiada por el habitus  de personas y grupos; esta acción es pensada de modo relacional y estructural, referida a las posiciones de éstos en el espacio social y a la lógica contextual de los campos sociales (Bourdieu, 1985). La acción es estructurada por el habitus , la estrategia y el horizonte objetivo de los posibles que ofrecen las situaciones y las posiciones socio estructurales, es decir, por el capital y el poder. Lo que el análisis de Bourdieu parece perder frente a una teoría pura de la acción, analíticamente operatoria y codificable, lo gana en apertura a una teoría social y a las problemáticas institucionales. Con Giddens, Bourdieu ofrece una alternativa prometedora al antagonismo inconciliable entre teoría de la acción y teoría sistémica. 1.   EL ENFOQUE PRAXEOLÓGICO Toda teoría de la acción que pretenda alcanzar la categoría de teoría social tiene que resolver tres problemas fundamentales: a.   La problemática de la acción: ¿Cómo comprender y captar la acción humana? ¿Qué es actuar, individual y socialmente? b.   La problemática de la estructura: ¿Cómo ver si la acción humana es estructural? ¿Qué hay que entender por estructura y cuáles son las estructuras sociales existentes? c.   La problemática de la relación estructura/acción: ¿Cómo conceptualizar la relación entre acción y estructura? 1   Esto se refiere al   debate sobre el estatuto que mereció el interaccionismo como una tradición alternativa a las tradiciones individualista y colectiva, a partir de la década del setenta, cuando estas últimas dos tradiciones tuvieron su enfrentamiento máximo. Dicho debate tom ó su nombre de un trabajo de Alan Dawe (1970): “  Las dos sociologías ”.   A diferencia del colectivismo con su uso de los trabajos del joven Durkheim y/o el maduro Marx, y del accionalismo con Max Weber, no hay consenso sobre los orígenes retrospectivos de esta tradición tercera, aunque algunos los ubican en Simmel o Mead.    Durante los cincuenta años posteriores a la II Guerra Mundial, se han ofrecido tres respuestas a estas cuestiones básicas: la teoría de la acción, la teoría sistémica y la teoría de la estructuración. Como es imposible analizarlas, aquí solamente se va a situar el enfoque praxeológico de Bourdieu en el amplio campo de las teorías de la acción y de la sociedad. Bourdieu se acerca a la tercera respuesta porque defendió la teoría de la estructuración, como lo hizo Giddens en Inglaterra. En general, las teorías de la acción tienen un concepto bastante restringido de la sociedad, sobre todo cuando la asimilan al llamado mundo vivido . Y las teorías sistémicas asumen un concepto muy limitado de la acción, donde el comportamiento humano se asemeja a los movimientos de marionetas manejadas por las leyes generales de la vida social. Las teorías de la estructuración, al contrario, parten de la unión de la práctica social y la acción pragmática, de la articulación entre estructura y acción. En continuidad con la discusión sobre los análisis micro/macro (Smelser, 1997), este punto de partida se ha vuelto fundamental en los últimos años. Es así que Schimank afirma que “ el objeto de la sociología es la constitución reciproca de la acción social y de las estructuras sociales ”  (2000, pág. 9). Si el objetivo de la teoría social de Bourdieu es comprender cómo se constituye y reproduce la vida social, develando sus mecanismos internos, habrá que definir su objeto sociológico (la sociedad como práctica y el sentido práctico del actuar humano). ¿Cómo plantear el objeto del conocimiento sociológico? En esta perspectiva, Bourdieu elabora un enfoque praxeológico del conocimiento que intenta dar cuenta, a la vez, de la estructuración de la sociedad y de la producción pragmática del mundo social. Formula así la hipótesis de que “ el progreso del conocimiento, en el caso de la ciencia social, supone un progreso en el conocimiento de las condiciones del conocimiento ”  (Bourdieu, 1980, pág. 7). ¿Cómo realizar este último progreso? Bourdieu se apoya en un conjunto de dilemas epistemológicos y teóricos (tales como filosofía del sujeto versus filosofía sin sujeto, individualismo versus colectivismo, subjetivismo versus objetivismo, teoría de la acción versus teoría sistémica), para luego superarlos realizando una síntesis sociológica. Dicho de otro modo, trata de dar una respuesta sociológica a problemas filosóficos; en este arriesgado y singular comienzo se basa todo su planteamiento. Cuando Bourdieu comenzó su trabajo, a finales de los años 1950, lo epistemológico estaba dividido en dos campos irreconciliables: de un lado, la filosofía del sujeto de Sartre, que desarrolla una teoría existencialista de la acción para explicar la vida social, y para la cual la sociedad es producida por una multitud de actos libres y espontáneos de los individuos; del otro, la filosofía sin sujeto, presente por ejemplo en el estructuralismo de Lévi-Strauss o el marxismo francés de Godelier, Althusser y Polantzas; la antropología estructural y el marxismo comparten la idea de una vida en sociedad definida por las estructuras mentales o por las leyes estructurales del modo de producción capitalista. Esas dos posiciones, que constituían los polos antitéticos de lo epistemológico, simbolizan las visiones unilaterales inversas: el voluntarismo de la filosofía del sujeto le impide tener una comprensión adecuada de la estructura social y de su funcionamiento; una noción adecuada de acción social falta en la filosofía sin sujeto, focalizada sobre la dominación de las estructuras mentales y sociales. Sin embargo, leyendo las primeras obras de Bourdieu (1972; 1980, págs. 7-41), que tratan sobre Algeria y la Cábila, se descubre inmediatamente su cercanía al pensamiento estructuralista. Se apoya sobre tres elementos del método estructuralista: Primero, su rompimiento con el pensamiento substancialista (frecuente en las ciencias sociales) que habla de la sociedad, del capitalismo o de la clase obrera como si esas unidades abstractas pudieran realmente actuar. En lugar de pensar en términos de substancia, el método estructuralista obliga a pensar en términos  de relaciones, lo que “ lleva a caracterizar todo elemento por las relaciones que lo unen a los otros en un sistema y como obtiene de ahí su sentido y su función ”  (Bourdieu, 1980, pág. 11). En segundo lugar, es entonces posible de captar las diferentes estructuras como parejas dicotómicas (por ejemplo, la edad con la pareja joven/viejo o el sexo con el binomio masculino/femenino), y preguntarse por las correlaciones que existen entre dichas estructuras. Finalmente, hay que buscar las leyes de la transformación que traducen las estructuras de primer orden en estructuras de segundo (o de enésimo) orden. Si se logra, esto permite probar que existen homologías entre diferentes estructuras, y determinar los mecanismos que actúan en su interior y, en fin, explicar cómo una estructura se transforma en otra. ¿Qué hay que entender en concreto por un pensamiento relacional y por nociones como “huellas estructurales dicotómicas” u  homologías estructurales? Dos ejemplos sacados de los estudios de Bourdieu sobre la etnografía Cabilia y sobre la sociedad francesa permiten ilustrar el pensamiento estructural y su lógica interna. Las sociedades arcaicas, como los Cabiles, una tribu bereber de Algeria, vienen estructuradas por la edad, el sexo y la parentela. A partir del sexo, de la oposición hombre/mujer, es posible reconstituir el conjunto del orden social y espacial de la sociedad. El resultado es: El espacio habitado es el lugar privilegiado de la objetivación de los esquemas generadores y, mediante las divisiones y jerarquías que establece entre las cosas, las personas y las prácticas, este sistema de clasificación fortalece los principios constitutivos de los arbitrarios culturales. Así, la oposición entre la sagrada derecha y la sagrada izquierda, entre el nif   y el h’aram , entre el hombre, revestido de virtudes protectoras y fecundantes, y la mujer, a la vez sagrada y cargada de virtudes maléficas, se materializa en la división espacial entre el espacio masculino, el lugar de la asamblea, el mercado o los campos, y el espacio femenino, la casa y su jardín, refugio del h’aram ; y, secundariamente, en la oposición que, al interior de la casa misma, distingue las regiones del espacio, los objetos y actividades según su pertenencia al universo masculino de lo seco, del fuego, lo alto, lo cocido o del día, o al universo femenino de lo húmedo, del agua, lo bajo, lo crudo o la noche (Bourdieu, 1980, pág. 129). En términos concisos y valiendo como principio metodológico general, se puede decir que el método estructural permite, a partir de una pareja de opuestos (aquí, masculino/femenino), reconstituir “ toda clase de equivalencias prácticas entre las diferentes divisiones del mundo social, divisiones entre los sexos, las clases de edad y las clases sociales ”  (Bourdieu, 1980, pág. 120). Esto no se aplica solo a las sociedades arcaicas sino también a las sociedades modernas. Una vez que se establece el sistema de oportunidades objetivas del mercado para los ricos y los pobres, se puede preguntar si sus desigualdades tienen homologías en las disposiciones morales (tolerancia versus rigidez), las preferencias en materia de gusto (lujo versus celo cultural), el rol de la educación (logros familiares versus escolares) o las relaciones con la cultura (despreocupados versus  aplicados). Ciertamente, sirve pensar en términos de relaciones, de estructuras dicotómicas y de homologías estructurales, pero el peligro surge cuando el método estructural se transforma en moda estructuralista, cuando el procedimiento heurístico se convierte en teoría y este prometedor enfoque se transforma en ideología. El método utilizado para explicitar las formaciones sociales, para evidenciar las relaciones, principios y homologías estructurales se convierte inopinadamente  en la clave universal para comprender todas las sociedades posibles. A veces, sin una investigación empírica sobre las estructuras en cuestión. Basta con identificar arbitrariamente una primera pareja estructural y desprender de ahí todas las otras homologías, para obtener un marco general estructuralista y ficticio de una sociedad dada. Según Bourdieu, es precisamente el error cometido por Levi-Strauss: solo salió de Paris una vez, en su juventud, hacia el Amazonas, para estudiar las últimas tribus indígenas del Mato Grosso en Brasil, viaje retratado en el melancólico relato Tristes Tropiques (Lévi-Strauss, 1955). Luego, prefirió explorar las estructuras mentales de las sociedades primitivas desde su oficina en París, con su método estructuralista, sin someter sus resultados a la prueba empírica del trabajo de campo, lo que le hubiera permitido describir exhaustivamente dichas sociedades. Centrarse en la estructura de los sistemas simbólicos puede llevar a separarse de la situación social y del contexto social donde esos signos son utilizados. Esta separación sólo se justifica en dos condiciones: a) si los sistemas simbólicos fueran monosémicos y entonces todos los miembros de una sociedad le otorgan el mismo sentido; b) si fueran monofuncionales, es decir, si poseyeran sólo funciones epistémicas y comunicativas. Sin embargo, esas dos hipótesis sobre los sistemas simbólicos no están verificadas. Incluso si al comienzo Bourdieu formuló tesis estructuralistas ortodoxas, lo hizo mostrando que incluso las reglas más protocolares dejan un margen de maniobra que, en la práctica, los individuos explotan plenamente. Bourdieu muestra que un conjunto de reglas, por puro que sea, no implica una práctica social uniforme. Por más que las clasificaciones sociales, como representaciones colectivas de una sociedad, simbolicen los valores y principios de un orden social, esos datos no son ni objetivos ni inocentes; en realidad son incorporados permanentemente a la práctica social, en lo cotidiano de las luchas y conflictos sociales. Entonces, la idea central de Durkheim (las categorías lógicas reflejan la división social de las sociedades arcaicas), así como la hipótesis de Lévi-Strauss (es posible captar las estructuras sociales a partir de estructuras mentales), siguen siendo planteamientos unilaterales. Omiten algo crucial en la vida social: los sistemas simbólicos no sólo cumplen funciones cognitivas y comunicativas pues también poseen funciones políticas y económicas; es decir, siempre está la cuestión del poder y la dominación (Bourdieu, 1971). Durkheim y Lévi-Strauss, al interesarse sólo en la dimensión estructural de la práctica, ocultan la dimensión subjetiva de la acción. El poder y la dominación, el uso específico que cada grupo hace de los símbolos y reglas, así como la dimensión subjetiva de la práctica son ocultados en una teoría mecanicista de la acción que plantea la relación entre la cultura y el comportamiento a partir del modelo lingüístico de la estructura y de su práctica (lenguaje y palabra). Ahora bien, una teoría mecanicista de la acción siempre va unida a una postura metodológica objetivista . En efecto, el objetivismo constituye el mundo social como un espectáculo ofrecido a un observador que toma un “ punto de vista ” sobre la acción y que, importando al objeto los principios de su relación con el mismo, hace como si estuviera destinado solo al conocimiento y como si todas las interacciones se redujeran a los intercambios simbólicos. El mundo social se da como una representación —  en el sentido de la filosofía idealista donde “ las  prácticas no son sino roles teatrales, ejecuciones de partituras o aplicación de planes ”  (Bourdieu, 1980, pág. 87). Dadas las críticas que hace al estructuralismo (un realismo estructural ingenuo, una teoría mecanicista de la acción y una perspectiva objetivista, una ocultación del poder y la dominación o incluso la idea de que la práctica social respeta las normas y reglas), se esperaría que Bourdieu se fuera al otro extremo epistemológico, abandonando la filosofía sin sujeto (estructuralismo y
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