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Juego de tronos Martin, George R. R. - Canción de hielo y fuego

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Juego de tronos Martin, George R. R. - Canción de hielo y fuego
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  GEORGE R.R. MARTIN Juego de tronos Canción de Hielo y Fuego / 1 G I G A M E S H  literatura fantástica Juego de tronos 2   Título srcinal:  A Game of Thrones   Primera edición: octubre del 2002   © 1996, George R.R. Martin   Mapas: James Sinclair Símbolos heráldicos: Virginia Norey   Traducción del inglés: © 2002, Cristina Macía   Ilustración de cubierta: © 2002, Corominas   Derechos reservados en lengua castellana: © 2002, Alejo Cuervo editor   Ediciones Gigamesh C/. Ausias March, 26, desp. 44 08010 Barcelona   Fotomecánica: Pacmer, S.A. C/. Alcolea, 106 08014 Barcelona   Impresión: Tesys, S.A. C/. Floridablanca, 77 08015 Barcelona   ISBN: 84-932250-4-5 Depósito legal: B-6429-2002   Printed in Spain Impreso en España   Prohibida la reproducción de ninguna parte de esta   publicación, así como su almacenaje o transmisión   por ningún medio, sin permiso previo del editor. PRESENTACIÓN  Hielo y fuego, invierno y verano, Norte y Sur. El eterno contraste entre lo cálido y lo gélido es el eje sobre el que gira la trama de esta saga monumental, que marca el esperadísimo retorno de George R.R. Martin a la literatura tras una pausa de más de diez años dedicados al medio audiovisual. Lobos y dragones, casas nobiliarias y vasallos, guerreros valientes y cortesanos intrigantes, hechiceros y brujas forman parte de esta Canción de Hielo y Fuego que ha cautivado a los lectores estadounidenses desde su aparición en 1996.   Es otoño en el continente de Westeros, en un mundo en el que las estaciones han sido trastocadas por un evento sideral y duran décadas. Mientras se preparan para el largo invierno que se avecina, los habitantes de los Siete Reinos han asistido al derrocamiento de la dinastía de los Targaryen, sangre de dragones cuyo linaje se remonta a más de dos siglos atrás, por parte de los ejércitos de Robert Baratheon, libertador para unos, usurpador para otros. Viserys y Daenerys Targaryen, últimos supervivientes de la dinastía, se han visto abocados al exilio en las tierras libres del este, donde planean reunir un ejército que les permita recuperar sus reinos perdidos. Entretanto, en la fría y austera Invernalia vive Eddard Stark, Guardián de las Tierras del Norte, amigo íntimo y general del rey, con su mujer y sus seis hijos que están llamados a ser protagonistas, aun involuntarios, de acontecimientos futuros. A la muerte en circunstancias sospechosas del consejero  principal del rey y cuñado de Eddard, Robert pide a su viejo amigo que abandone sus dominios septentrionales y se reúna con él en Desembarco del Rey, la capital del reino. Allí se enfrentará a las intrigas de la reina Cersey de su hermano Jaime el Matarreyes, capitán de la Guardia Real, verdugo del último rey Targaryen y sospechoso de mantener relaciones incestuosas con su hermana la reina...   Como puede verse, ni siquiera el incesto es un tema tabú para Martin. Su potente prosa le  permite adentrarse sin temor en los rincones más profundos de la naturaleza humana, desarrollar cientos de personajes, mezclar tramas simultáneas como sólo un maestro puede hacerlo. Diferentes  puntos de vista se entrecruzan durante todo el libro, debido a la srcinal puesta en escena que Martin nos ofrece: cada capítulo está narrado desde el punto de vista de uno de los personajes. El mundo de Westeros está construido con una riqueza abrumadora y una srcinalidad impresionante. Sirva como ejemplo el concepto majestuoso del gran Muro   del Norte, un muro de hielo de decenas de metros de altura y espesor que cruza todo el continente de este a oeste y que protege los reinos civilizados de los pueblos bárbaros del lejano y frío norte. Los guardianes del Muro son los Hermanos Negros de la Guardia de la Noche, un cuerpo  policial-militar con aires de orden religiosa que ofrece una segunda oportunidad de llevar una vida  literatura fantástica Juego de tronos 3   honorable a proscritos y condenados, cuya pena es inmediatamente conmutada si aceptan «vestirse de negro».   Concebida srcinalmente en cuatro volúmenes, la saga vio pronto aumentada su longitud a seis tomos, de los cuales este Juego de Tronos es el primero. Los dos volúmenes siguientes, A Clash of Kings  y A Storm of Swords, están ya disponibles para el público anglosajón, y el cuarto, A Feast for Crows, tiene prevista su aparición en noviembre del 2002. Los títulos provisionales de los volúmenes quinto y sexto son A Dance for Dragons  y The Winds of Winter, respectivamente. La saga no tuvo un arranque espectacular; la edición en tapa dura de Juego de Tronos no llegó a ser éxito de ventas, y no  fue hasta la aparición de la edición en paperback que las ventas no se dispararon. El enorme éxito de la edición en tapa blanda aumentó las ventas de A Clash of Kings,  ya en tapa dura, y A Storm of Swords alcanzó el duodécimo puesto en la prestigiosa lista de best sellers del New York Times en noviembre del 2000. A consecuencia de este éxito a posteriori, la primera edición de Juego de tronos se cotiza a precios espectaculares en el mercado del coleccionista. El propio Martin pone a la venta en su página web varios ejemplares por quinientos dólares, cuando el precio srcinal era de veinte.   En cuanto al autor, George R.R. Martin es sobradamente conocido por el aficionado de habla hispana. Su primera novela, Muerte de la luz,  publicada por Edhasa (en Nebulae Segunda Época), es una pieza de coleccionista, o más bien lo era antes de su reedición en esta misma colección. Sus obras Sueño del Fevre  y Los viajes de Tuf son clásicos del género, y han gozado de un respetable éxito en España. Asimismo, Martin da muestra de su destreza en una serie de cuentos cortos, recopilados en varias antologías, que le han valido cuatro Hugos y dos Nébulas hasta la fecha. Especialmente recomendables son "Los reyes de la arena", premios Hugo y Nébula, una escalofriante historia sobre los peligros de jugar a ser Dios, y "Una canción para Lya", premio Hugo, un bellísimo canto a una mujer que abraza una religión alienígena.   Esperamos que nuestros lectores estén de acuerdo con nosotros en que esta saga es la mejor y más impresionante obra de fantasía mitológica que se haya escrito después de Tolkien. Decidan por ustedes mismos.    JOSEP BURILLO   Este es para Melinda.    Dicen que en los detalles está el demonio.   Un libro tan largo como éste tiene muchísimos demonios, y hay que estar alerta para no caer en sus garras. Por suerte, yo conozco a muchísimos ángeles.    Mi agradecimiento y mi aprecio, por lo tanto, a todas esas buenas personas que me prestaron sus oídos y sus conocimientos (y, en varios casos, sus libros) para que pudiera salir bien parado entre tantos detalles: a Sage Walker, Martin Wright, Melinda Snodgrass, Cari Keim, Bruce Baugh, Tim O'Brien, Roger Zelazny, Jane Lindskold y Laura J. Mixon, y por supuesto, a Parris.   Y un agradecimiento especial a Jennifer Hershey, por sus esfuerzos que van por encima y más allá del deber...    literatura fantástica Juego de tronos 4   PRÓLOGO   —Deberíamos volver ya —instó Gared mientras los bosques se tornaban más y más oscuros a su alrededor—. Los salvajes están muertos.   —¿Te dan miedo los muertos? —preguntó Ser Waymar Royce, insinuando apenas una sonrisa.   —Los muertos están muertos —contestó Gared. No había mordido el anzuelo. Era un anciano de más de cincuenta años, y había visto ir y venir a muchos jóvenes señores—. No tenemos nada que tratar con ellos.   —¿Y de veras están muertos? —preguntó Royce delicadamente—. ¿Qué prueba tenemos?   —Will los vio —respondió Gared—. Si él dice que están muertos, no necesito más pruebas.   —Mi madre me dijo que los muertos no cantan canciones —intervino Will. Sabía que lo iban a meter en la disputa tarde o temprano. Le habría gustado que fuera más tarde que temprano.   —Mi ama de cría me dijo lo mismo, Will —replicó Royce—. Nunca creas nada de lo que te diga una mujer cuando estás junto a su teta. Hasta de los muertos se pueden aprender cosas. —Su voz resonó demasiado alta en el anochecer del bosque.   —Tenemos un largo camino por delante —señaló Gared—. Ocho días, hasta puede que nueve. Y se está haciendo de noche.   —Como todos los días alrededor de esta hora —dijo Ser Waymar Royce después de echar una mirada indiferente al cielo—. ¿La oscuridad te atemoriza, Gared?   Will percibió la tensión en torno a la boca de Gared y la ira apenas contenida en los ojos, bajo la gruesa capucha negra de la capa. Gared llevaba cuarenta años en la Guardia de la Noche, buena parte de su infancia y toda su vida de adulto, y no estaba acostumbrado a que se burlaran de él. Pero eso no era todo. Will presentía algo más en el anciano aparte del orgullo herido. Casi se palpaba en él una tensión demasiado parecida al miedo.   Will compartía aquella intranquilidad. Llevaba cuatro años en el Muro. La primera vez que lo habían enviado al otro lado, recordó todas las viejas historias y se le revolvieron las tripas. Después se había reído de aquello. Ahora era ya veterano de cien expediciones, y la interminable extensión de selva oscura que los sureños llamaban el Bosque Encantado no le resultaba aterradora.   Hasta aquella noche. Aquella noche había algo diferente. La oscuridad tenía un matiz que le erizaba el vello. Llevaban nueve días cabalgando hacia el norte, hacia el noroeste y hacia el norte otra vez, siempre alejándose del Muro, tras la pista de unos asaltantes salvajes. Cada día había sido peor que el anterior, y aquél era el peor de todos. Soplaba un viento gélido del norte, que hacía que los árboles susurraran como si tuvieran vida propia. Durante toda la jornada Will se había sentido observado, vigilado por algo frío e implacable que no le deseaba nada bueno. Gared también lo había percibido. No había nada que Will deseara más que cabalgar a toda velocidad hacia la seguridad que ofrecía el Muro, pero no era un sentimiento que pudiera compartir con un comandante.   Y menos con un comandante como aquél.   Ser Waymar Royce era el hijo menor de una antigua casa con demasiados herederos. Era un  joven de dieciocho años, atractivo, con ojos grises, gallardo y esbelto como un cuchillo. A lomos de su enorme corcel negro, se alzaba muy por encima de Will y. Gared, montados en caballos pequeños y recios adecuados para el terreno. Calzaba botas de cuero negro y vestía pantalones negros de lana, guantes negros de piel de topo, y una buena chaquetilla ceñida de brillante cota de malla sobre varias prendas de lana negra y cuero tratado. Ser Waymar llevaba menos de medio año como Hermano Juramentado en la Guardia de la Noche, pero sin duda se había preparado bien para su vocación. Al menos en lo que a la ropa respectaba.   La capa era su mayor orgullo: de marta cibelina, gruesa, suave y negra como el carbón.   —Apuesto a que las mató a todas con sus propias manos —había comentado Gared en los barracones, mientras bebían vino—. Seguro que nuestro gran guerrero les arrancó las cabecitas él mismo.   Todos se habían reído.   «Es difícil aceptar órdenes de un hombre del que te burlas cuando bebes», reflexionó Will mientras tiritaba a lomos de su montura. Gared debía de estar pensando lo mismo.   —Mormont dijo que siguiéramos sus huellas, y ya lo hemos hecho —dijo Gared—. Están muertos. No volverán a molestarnos. Nos queda un camino duro por delante. No me gusta este clima. Si empieza a nevar, tardaremos quince días en volver, y la nieve es lo mejor que podemos encontrarnos. ¿Habéis visto alguna tormenta de hielo, mi señor?    literatura fantástica Juego de tronos 5   El joven señor no parecía escucharlo. Observaba la creciente oscuridad del crepúsculo con aquella mirada suya, entre aburrida y distraída. Will había cabalgado el tiempo suficiente junto al caballero para saber que era mejor no interrumpirlo cuando mostraba aquella expresión.   —Vuelve a contarme lo que viste, Will. Con todo detalle. No te dejes nada.   Will había sido cazador antes de unirse a la Guardia de la Noche. Bueno, en realidad había sido furtivo. Los jinetes libres de los Mallister lo habían atrapado con las manos manchadas de sangre en los bosques de los Mallister, mientras despellejaba un ciervo de los Mallister, y tuvo que elegir entre vestir el negro o perder una mano. No había nadie capaz de moverse por los bosques tan sigilosamente como Will, y los hermanos negros no tardaron en explotar su talento.   —El campamento está tres kilómetros más adelante, pasado aquel risco, justo al lado de un arroyo —dijo Will—. Me acerqué tanto como me atreví. Eran ocho, hombres y mujeres. Niños no, al menos no vi ninguno. Habían puesto una especie de tienda contra la roca. La nieve ya la había cubierto casi del todo, pero la vi. No había ninguna hoguera, aunque el lugar donde habían encendido una se distinguía claramente. Ninguno se movía, los observé un buen rato. Ningún ser vivo ha estado jamás tan quieto.   —¿Viste sangre?   —La verdad es que no —admitió Will.   —¿Y armas?   —Algunas espadas, unos cuantos arcos... Uno de los hombres tenía un hacha. De doble filo, parecía muy pesada, un buen trozo de hierro. Estaba en el suelo, junto a su mano.   —¿Recuerdas en qué postura se encontraban los cuerpos? —Un par de ellos estaban sentados con la espalda contra la roca —contestó Will encogiéndose de hombros—. La mayoría, tendidos en el suelo. Como caídos.   —O dormidos —sugirió Royce.   —Caídos —insistió Will—. Había una mujer en la copa de un tamarindo, medio escondida entre las ramas.'Una vigía. —Esbozó una sonrisa—. Tuve buen cuidado de que no me viera. Cuando me acerqué, vi que ella tampoco se movía. —Muy a su pesar, se estremeció.   —¿Tienes frío? —preguntó Royce.   —Un poco —murmuró Will—. El viento, 'mi señor.   El joven caballero se volvió hacia el guardia de pelo cano. Las hojas que la escarcha había hecho caer de los árboles pasaron susurrantes junto a ellos, y el corcel de Royce se movió, inquieto.   —¿Qué crees que pudo matar a esos hombres, Gared? —preguntó Ser Waymar en tono despreocupado. Se ajustó el pliegue de la larga capa de marta.   —El frío —replicó Gared con certeza férrea—. Vi a hombres morir congelados el pasado invierno, y también el anterior, cuando era casi un niño. Todo el mundo habla de nieve de quince metros de espesor, y de cómo el viento gélido llega aullando del norte, pero el verdadero enemigo es el frío. Se echa encima de uno más sigiloso que Will, al principio se tirita y castañetean los dientes, se dan pisotones contra el suelo, y se sueña con vino caliente y con una buena hoguera. Y quema, vaya si quema. No hay nada que queme como el frío. Pero sólo durante un tiempo. Luego se mete dentro y empieza a invadirlo todo, y al final no se tienen fuerzas para combatirlo. Es más fácil sentarse, o echarse a dormir. Dicen que al final no se siente ningún dolor. Primero se está débil y amodorrado, y todo se vuelve nebuloso, y luego es como hundirse en un mar de leche tibia. Como muy tranquilo todo.   —Qué elocuencia, Gared —observó Ser Waymar—. No me imaginaba que te expresaras así.   —Yo también he tenido el frío dentro, joven señor. —Gared se echó la capucha hacia atrás para que Ser Waymar le viera bien los muñones donde había tenido las orejas—. Las dos orejas, tres dedos de los pies, y el meñique de la mano izquierda. Salí bien parado. A mi hermano lo encontramos congelado en su turno de guardia, con una sonrisa en los labios.   —Tendrías que usar ropa más abrigada —dijo Ser Waymar encogiéndose de hombros.   Gared miró al joven señor y se le enrojecieron las cicatrices en torno a los oídos, allí donde el maestre Aemon le había amputado las orejas.   —Ya veremos hasta qué punto podéis abrigaros cuando llegue el invierno. —Se subió la capucha y se encorvó sobre su montura, silencioso y hosco.   —Si Gared dice que fue el frío... —empezó Will.  
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